29.11.06

Lo reconozco...

A raíz de algunos comentarios sobre mi último post, he hecho memoria y he de reconocer que yo misma me he comportado en alguna ocasión como una tragona sin escrúpulos.

Se habla del día que comimos en casa de Céline...

En mi bola del tiempo veo a M., a D. y a mí bajando del tren, en un apeadero solitario del norte de Portugal. Aunque no es tarde, todo está ya oscuro y húmedo y triste. Hemos venido a pasar unos días a casa de Céline, una francesa de origen portugués que vive con nosotras en Lisboa. Céline es muy maja, pero pasa los sábados planchando y viendo programas patéticos en la televisión, especialmente uno presentado por un cocainómano homosexual. Céline, además, está obsesionada con su virginidad y nos pide que le enseñemos a ponerse tampones para que le duela menos el día que la pierda. Para Céline, el mundo (el mundo que importa) son las cuatro calles que forman esta urbanización del norte, y también el "Norteshopping", el centro comercial más grande de Oporto.

Céline tenía (tiene, supongo) una hermana, Veronique. Veronique no es guapa ni fea, pero su apetito sexual no tiene límites; toda la urbanización puede dar fe de ello. Mientras Céline se debate entre besar con lengua o sin lengua, Veronique ha lamido con la suya centenares de miembros. Un amigo mío la describió como: "la típica chica a la que te imaginas encerrada en una habitación con el equipo entero de fútbol, sudando y gimiendo". Nunca ha habido dos hermanas tan diferentes.

Me he desviado del tema. La cuestión es que el último día de nuestra estancia allí, la familia nos obsequió con una comida. Los entrantes se iban sucediendo, no recuerdo cuántos había pero eran más de dos y menos de cinco. Después sopas, carne, pescado, postres, postres, postres... Y nosotras tres allí engullendo; primero, para no quedar mal; después, para sacarnos el sabor del plato anterior; al final, porque ya nos daba igual y habíamos entrado en esa dinámica del exceso, esa estrecha línea que separa el equilibrio del "a la mierda todo", ese "pues ya que no puedo controlarme, desfasemos de verdad". Estoy segura de que conocéis la sensación.

Esa tarde subimos al tren con dificultad, y, aunque no lo recuerdo, seguramente al día siguiente empecé una dieta estricta y una nueva vida en general. Es el poder redentor de las comilonas.

Ha habido otras, pero ninguna como aquella. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

5 comments:

Anonymous said...

Yo también estuve una vez en una comilona en casa de un tipo que pesaba 200 arrobas abierto en canal. Comía en exceso, ingería sin parar, y se jactaba de que así pretendía compensar la falta de tamaño de su nanopene. Pero no todo fue horrible aquella tarde: me acuerdo de su hermano, un pureta con las sienes plateadas, piel de mulato, ojos de color avellana, brazos no muy largos y bien torneadas piernas. Remataba el conjunto con un nada desdeñable miembro viril.
El hermano en cuestión era frugal en temas de ingesta alimenticia, cual eremita, y su propio autocontrol y su saber abstenerse en aras de objetivos más saludables me hicieron salivar durante todo el ágape.
Y recuerdo el final de aquella tarde, con el anfitrión vomitando polvorones mientras el hermano me mataba a polvos: en eso no tenía mesura.
Por todo ello, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Anonymous said...

De todo el post me quedo con la historia sobre Veronique y el equipo de fútbol, no tiene desperdicio...

Arghhhh!!!!

Anonymous said...

Aunque he oído hablar en general de Céline y la comilona del siglo, me gusta haberla leído al completo, menudo exceso!!!

La historia de Veronique es fabulosa, ya he realizado la imagen mental de la escena con el equipo de fútbol...qué maravilla!

Besos reina.

Marede3 said...

Quiero saber más sobre la hermana sin límite sexual... me parece mucho más interesante.

Mimi said...

Qué buena descripción de Céline y de la comilona! Además me acuerdo que en el tren de vuelta teníamos coca que había sobrado (no seáis mal pensados, se trata de pastel) y al menos yo seguí comiendo.
A V. no tuve el placer de conocerla pero también oí de su activa vida sexual.