Hay dineros bien invertidos. El que se gastó Pamela Anderson en las tetas. El de las entradas de cine de los 15 años. Hay muchos ejemplos.
Otros, al parecer, están gafados desde el principio. Esos premios gordos que después salen rana, a partir de los cuales todo son desgracias.
Siempre he pensado que el dinero tiene vida propia. Nace, crece, se reproduce (con suerte) y muere. Hoy voy a contaros la historia de un dinero triste. Para ello hemos de remontarnos al siglo pasado.
Celedonia (nombre real) vive con su esposo en un diminuto pueblo de la provincia de Huesca. Pasan los días, los años... Y Dios no tiene por bien conceder ningún hijo a la pareja. Celedonia se consuela con el cariño de sus dos ahijados, Mari Carmen y Toñín, hijos de dos de sus hermanas.
El calendario avanza y de nuevo pasan los días, los años, las décadas. Celedonia va quedándose sola progresivamente. Primero pierde a su marido. Después, a su hermana preferida. Luego, a su hermana menor. Y así sucesivamente. Sólo quedan el hermano cura y ella. "Qué jodido, el Lorenzo", piensa nuestra Celedonia "si nos va a enterrar a todos". Literalmente, ya que él mismo se encarga de las exequias.
El día menos pensado, la muerte sorprende a Celedonia. Tras 86 años en este mundo, lo abandona con 7.000 € en su cuenta bancaria. Esta cantidad se reparte entre sus únicos herederos: Mari Carmen y Toñín (ya Toño). Mari Carmen no retuvo el dinero ni dos días. "No lo merezco", dijo, "otros sobrinos la han atendido mejor que yo". Y es que tanto Toño como Mari Carmen estaban a muchos kilómetros de su tía.
Toño no sabía qué hacer con sus 3.500 €. No le faltaba de nada, pero su situación no era tan boyante como la de su prima. Si bien es cierto que no los necesitaba en ese preciso momento, algo le decía que algún día le serían útiles. Tenía sentimientos encontrados al respecto. En realidad, no quería tocar el dinero. Experimentaba ante la herencia la típica desconfianza de los que están acostumbrados a pagar por todo.
Abrió una cuenta expresamente. Le preguntó a su mujer si quería alguna cosa. "No", le dijo. ¿Y su hija? "No, papa. No quiero ese dinero, es para ti. Date un capricho. Ponte aire acondicionado en casa".
Al final, Toño optó por dejarlo ahí, en el banco. Eran tantas sus dudas acerca de qué hacer, que decidió no hacer nada. Esperaría hasta encontrar una utilidad a esta suma de dinero caída del cielo. Algún día tendría un buen motivo para gastárselo.
Cuando seis meses después tuvo que afrontar los gastos del funeral de su esposa, podría decirse que el motivo lo encontró a él.
Las pesetas que tía Cele ahorró con mucho esfuerzo a lo largo de su vida, se habían convertido en los euros que pagaron el funeral de su esposa. Oficiado, por supuesto, por su tío Lorenzo. Quién sabe si los dineros tienen el destino escrito en algún lugar. Éste nuestro encontró así su final, quemado en forma de ataúd en el horno del crematorio. Nunca fue un dinero muy grande ni muy feliz. En su epitafio, que alguien se encargó de escribir, puede leerse:
"Los 3.346,78 € más amargos que he pagado por el servicio más triste que he comprado"
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